viernes, 31 de agosto de 2012

La Hora Oficial

Fin de semana, oficina, fin de semana... una rueda de rutina y frustración. De lunes a lunes recita como un conjuro “es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”, frase célebre que hace años copió de un almanaque para ponerla bajo el vidrio de su escritorio. Pero su dolor no se alivia, reponerse de su decepción amorosa le resulta impracticable, todo propósito para olvidar, inadecuado.


Para ella (después de la ruptura) los minutos son eslabones de cadenas pertinaces, su vida un tedioso zigzag dentro del círculo ritual dibujado por su ansiedad y el desaliento. Se siente aprisionada por paredes invisibles y refrenda su reclusión entre paredes concretas: en la oficina -donde trabaja de lunes a viernes- por estricta obligación y en su departamento los fines de semana, porque prefiere no salir. Hace lo mínimo indispensable para subsistir con un desgano cada vez mayor y piensa en el fulano hasta el agotamiento. Los domingos son especialmente sombríos, con la tristeza siempre agazapada y lista para invadirla junto a una sensación de pérdida irremediable. Los vive como naufragios en playas inhóspitas, atenta al monólogo de su corazón que al latir le devuelve tan sólo el eco de su desamparo.


Por momentos se espanta de su angustia y trata de pactar con su dolor como si fuese un aliado circunstancial y al mismo tiempo infalible para volver a ser feliz. Escribe para aplacarlo: “El adiós que nos lastima inaugura sin embargo la chance de iniciar un camino más fecundo. Nos propone el ejercicio de reconstruirnos con todas las cicatrices del recuerdo, para que de las lágrimas nazcan gotas de ternura donde abreve la mirada y otra vez se ilumine conmovida por una pincelada de esperanza”. Frases cursis, casi un poema. Y redunda escribiendo: “Un amor crucificado, la esperanza malherida y el desafío de volver a amar intensamente y de sentirme amada”. Casi un tango. En suma, apenas chispas o un relámpago de rebeldía para alumbrar esa esperanza tan nombrada.


Prepara la cena y repasa con meticulosidad y cierta paz sus recuerdos más amables del fulano: la calidez de su voz envolviéndola en promesas, su modo de poseerla, su entrega desmesurada... Sin proponérselo y sin poder evitarlo se encuentra reviviendo también su inconstancia, los indicios de sus engaños y el desapego final sin adiós ni explicaciones... Esto la desquicia, la sumerge nuevamente en el agobio. Tendría que tomarme un whisky, “el alcohol ayuda a olvidar” (otra frase popular). Pero es domingo y empezar la semana con resaca le parece francamente estúpido. La vence su costumbre de racionalizarlo todo y se sirve un vaso de vino con soda para acompañar la comida, mientras sigue contabilizando sus emociones con una aritmética desprolija donde se suman y restan la ternura, el despecho y la nostalgia.

Termina de cenar y pone música. Escucha repetidamente tangos, boleros y cuanta canción romántica le permita identificarse con sus letras, ahora sabe por sí misma que la gente puede sufrir inusitadamente por “un amor que la engañó”... ¡Pucha, qué triste ser abandonada por alguien a quien amamos, qué torturante sentir que quien dijo amarnos se aleje con total indiferencia!, filosofa inspirada por la voz de Maria Bethânia cantando “Quem foi na vida que teve um amor e ese amor sem razao lhe deixou, e até oje no guarda no peito a marca da dor”...


Se tiende en el sofá y como a la hora -medio adormilada- termina de dar forma a un plan que la hace sonreír abiertamente por primera vez en mucho tiempo: va a llamar por teléfono al fulano y sin preámbulos ni sutilezas va a reclamarle que salde su deuda, no los trescientos dólares que tomó de la mesita de luz la última noche que se quedó a dormir, sino su deuda moral por borrarse sin una explicación después de meses de jurarle amor y prometerle la luna, claro está.


Le dirá esto, más o menos: que ya es una mina grande y no hay en su horizonte otro hombre para ocupar el vacío que él dejó en su corazón; que juntos vivieron cosas muy intensas y él decía compartir su sueño de tener muchos hijos, así que se siente con derecho a pedirle que le de al menos uno y eso es todo lo que pretende; que para ello -obviamente- deberán tener sexo aunque el amor ya no exista y convendría fijar fecha cuanto antes, porque se acerca su período fértil. También le aclarará que es indispensable que él se comprometa a poner su miembro a disposición hasta que quede embarazada o por un lapso máximo de un año, lo que se cumpla primero (¿cómo decirlo sin que suene tan grosero?). Si él lo considera provechoso podrán intentarlo varios días consecutivos, pero una cita mensual será suficiente para dar la deuda por saldada.


Repasa el inventario de razones que acaba de formular de manera tan articulada y al hacerlo empieza a temer que el fulano adivine lo que enmascara y solo se confiesa a sí misma: un intento de anclarlo a su vida con un compromiso fantasioso, para propiciar el milagro de que luego la necesite tan desesperadamente como ella a él.


Finalmente parece no importarle lo absurdo de su plan, ya que se incorpora y va hacia el teléfono: con la respiración entrecortada (tal vez por el bostezo con el que se desperezó) toma el aparato y marca el 113, constata que son las veintitrés horas, veinte minutos, cuarenta segundos y -con la cara mojada por lágrimas tan impertinentes como sus especulaciones- cuelga el receptor y se va a la cama, que mañana será lunes y ya es muy tarde para seguir pelotudeando.
 
Mari Lamas