lunes, 3 de septiembre de 2012

Adiós

Me emancipo de vos
con tu legado
de incertidumbres
y fervores.
Me exculpa del fracaso
tu sádico ritual
de apego-desapego.
Me fortalece el mantra
de tus largos silencios
y archivo para siempre

tu memoria en mi olvido.

Mari Lamas


Carcelera

Como un muelle
circular
la soledad
me envuelve
y me doblega.
Tirana victoriosa
-tantas veces violada
y resurrecta-
se ha vuelto sorda
y desconfiada,
resiste tu abrazo
y tus promesas
y detesta
la palabra amor.
 
Mari Lamas

Carmín

Un trozo de papel.
Un trazo de carmín.
Un corazón dibujado.

Una mancha de carmín.
Una sombra de traición.
Un corazón destrozado.
 
Mari Lamas

Celebración

Extrañar tu voz,
predecir tus silencios,
dibujar tu sonrisa
mentalmente...
En esta ceremonia
de pensarte
celebro tu amor,
anticipo tu abrazo
y conmemoro
los instantes
en que somos
semilla y flor
fecundas
en idéntico latir
apasionado.

Mari Lamas

Carta Impiadosa

Apenas unas líneas
para hacerte saber
que me conduelo
de tu falta de luz.
Sé que la vida
que una vez
te prometiste
hacer vibrar
hasta el delirio
-empuñando talentos
y ambiciones-
sepultada por vos
ya no respira.
Ah... y dejame agregar
que te incrimino
por callar,
por doblegarte,
por suscribir
el suicidio
de tus sueños,
pero por sobre todo y más
por no quererte.
 
Mari Lamas

Colores de Infancia

El arrebol desguaza
los azules del cielo
sobre patios y plazas
con veranos rojos
de malvón y ceibo.
Pulcros delantales
y sendas mullidas
de abatidos ocres
pintan el otoño

camino a la escuela.
En los días lluviosos,
torpes gnomos grises
fungen de garúa
y son mis compinches
jugando en los charcos.
Amarillo de aromos,
fragante y magnánimo,
se despide el invierno
clausurando siestas.
Primavera de rondas,
de mancha y rayuela,
arcoiris de risas
y un blanco caracol
rodando en tiza
los sueños sin aristas
de la infancia...
Tutelar ejercicio
de memoria

en que el recuerdo
atesora el candor
de horas triviales
y las restaura
rotundamente bellas
y perfectas.



Mari Lamas


Conquista

Confiar,
entregarse.
Vaciarse
y renacer
las veces
que haga falta
desde el temor
o el abandono
y hallar al fin
la boca redonda
del amor.
Y entrar en ella.
 
Mari Lamas

Deuda Interna

Devanando sueños,
postergando audacias
el tiempo se crece
en años tejidos
con quimeras,
liquidados sin empeños
ni certezas,
con un haber de nada,
un debe de intenciones
no cumplidas
y una deuda con la vida
no saldada.
 
Mari Lamas

Pirarse

Lunes de tedio
y oficina.
Un bostezo
parte en dos
el café
y el memorando.
La fiaca sube
desde los pies
a la cabeza
y me enrollo
en cualquier
sábana planilla
hasta quedar
en blanco.
 
Mari Lamas

Verano

Bajo un cielo
salpicado
con árboles
de flores diminutas
hay un cíclope amor
haciendo guiños
a espaldas
del guardián
que lo prohíbe.
Una ráfaga de sol
viene a mi encuentro
por olvidadas
veredas de ternura.
Diciembre me habla
con su lengua
fogosa e insolente,
y me obliga a la alegría,
me somete otra vez
a la esperanza.
 
Mari Lamas

Clandestino

No quiero promesas,
son solo palabras.
Prefiero tu silencio
en las despedidas,
el tácito idioma
de querer quedarte.
No oculto cadenas,
ni invoco conjuros:
tu invariable regresar
me alcanza para saberme
fatal y necesaria
para enfermarte de amor
hasta curarte el alma.
Ya hablaremos entonces
del futuro...
 
Mari Lamas

Desgano

Lluvia débil,
pordiosera de charcos,
cómplice del barro
y la tristeza.
Triste como yo,
un poco sin ganas
y hasta que suene
el teléfono.
Después
ya no será tristeza,
sino cita y rutina
de un amor indeciso
como la lluvia,
apenas.
Mari Lamas

Devolución de Ausencias

Por una vez
vas a ser vos
el de la espera
arropada en el humo
del enésimo
cigarrillo negro
de la tarde.
Mi decepción
de días de no verte
se transformó
en coraje
para devolverte
tus ausencias
sin reproches
ni lágrimas.
Simplemente
no llegaré a la cita,
cancelo mi agenda
de imposibles
y enciendo
un cigarrillo
igual al tuyo,
con algo de bronca
y sin nostalgias.


Mari Lamas

Distancia

Fue dulce amarte.
Hay caminos que jamás se cruzan
y jamás se añoran.
Y hay otros que el azar reúne
para fundir sus huellas
en el minuto eterno
de su encuentro.
Nuestra pasión de entonces
fue un cruce de caminos
ignorantes de sus rumbos
contrapuestos:
una sombra constante
y un perpetuo delirio de luz
como contraste.
Alejada de esa cruz
que nos unía
mi ruta está velada
por un sol marchito,
ausentes el fulgor,
lo verde, lo asombroso...
Y no imagino,
fuera de la tibia presencia
del recuerdo,
otra compañía
que mis propios pasos.
 
Mari Lamas

Duermevela

Huelo el verano
fragante
de mi barrio.
Entreoigo un tango
y sueño que me acuna
en la penumbra
de la siesta compartida,
enlazada en tu abrazo,
disfrazando de amor
un imposible...
Luego llega la vigilia
y me lastima:
estoy sola y soy la otra.
¿Vos y yo?...
Apenas dos mitades
que no se corresponden.
Me adormezco otra vez
y me consuelo
con que no hay aroma,
ni canción, ni espera
que no se diluya
con el tiempo.

Mari Lamas

Encuentro

Bocinazos, trajín,
penumbra en el asfalto.
La tarde se disgrega
por calles apuradas
de oficinistas en fuga,
mientras que vos y yo
-inexorable encuentro-
nos abstraemos de la ciudad
portentosa y caníbal
para mirar la estrella
que comenzó a alumbrarnos.
 
Mari Lamas

Palabras

Todo.
Nada.
Nunca.
Siempre.
Las grandes
palabras.
Promesas.
Confianza.
Decepción.
Vacío.
tan absurdo
todo
y este
no hacer
nada.
Nunca
nada...
Y tan cansada
siempre.
 
Mari Lamas

Poema Secreto

Un bar cualquiera,
un cigarrillo
y vos llegando.
Tu beso que cruza
nuestro fugaz espacio
de gin-cola y humo
y se queda conmigo,
cantándome
en los labios.
Invento un poema
que tal vez
nunca te diga,
tan pequeño
que cabe
en una servilleta
doblada y amarilla.
Tan secreto
que te lo comés
sin darte cuenta,
secándote la boca
con mi nombre.
Mari Lamas

Sin vos (Borrachera)

Mi alma
se asoma
al desamparo
sin un gesto de amor
que la resguarde.
El vino entonces
diluye tu abandono,
camufla la amargura
que tiñe mis ojeras
y apareja
las redes del olvido,
ajeno al dolor
agazapado
en el fondo de la copa
solitaria.
 
Mari Lamas

Tromp l'oeil

Tenaz.
Optimista.
Invulnerable.
El cerebro
acepta
la ilusión.
El corazón
advierte
el espejismo
y sólo espera
volver a ser
feliz.
 
Mari Lamas

Fábula

Todavía
es hermoso
pensarme
enamorada.
Lo es
porque vos
y tu cómplice
optimismo
abolieron
mis recelos,
decretando
que la soledad
era una fábula
de cinco minutos
y la pasión
perdura,
aunque los dos
sepamos
que es
exactamente
al revés.

Mari Lamas

domingo, 2 de septiembre de 2012

Visita Guiada

Y bueno...
si insistís,
acompañame,
voy a mostrarte
donde vivo.
Esta es la sala,
las luminarias
del afecto
intactas
sobre fotos
que la nostalgia
no llega a deslucir
y las más nuevas
refulgen por sí mismas.
También
está el espejo,
pensé en cambiarlo
por sus esquinas rotas
con partes de un pasado
donde solía mirarme,
pero son cicatrices
que no duelen
y el futuro pertinaz
insiste en reflejarse
más allá del presente
desprolijo y opaco,
así que lo conservo.
Vení, seguime...
Por esto que te digo
del futuro,
el cuarto de los proyectos
sigue abierto
y el cuarto de las certezas
clausurado.
Vamos a la cocina,
te convido un café,
igual no queda mucho más
para enseñarte:
el cuarto del orgullo
está cerrado
y hace tiempo
que tiré la llave.

Mari Lamas

viernes, 31 de agosto de 2012

La Hora Oficial

Fin de semana, oficina, fin de semana... una rueda de rutina y frustración. De lunes a lunes recita como un conjuro “es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca”, frase célebre que hace años copió de un almanaque para ponerla bajo el vidrio de su escritorio. Pero su dolor no se alivia, reponerse de su decepción amorosa le resulta impracticable, todo propósito para olvidar, inadecuado.


Para ella (después de la ruptura) los minutos son eslabones de cadenas pertinaces, su vida un tedioso zigzag dentro del círculo ritual dibujado por su ansiedad y el desaliento. Se siente aprisionada por paredes invisibles y refrenda su reclusión entre paredes concretas: en la oficina -donde trabaja de lunes a viernes- por estricta obligación y en su departamento los fines de semana, porque prefiere no salir. Hace lo mínimo indispensable para subsistir con un desgano cada vez mayor y piensa en el fulano hasta el agotamiento. Los domingos son especialmente sombríos, con la tristeza siempre agazapada y lista para invadirla junto a una sensación de pérdida irremediable. Los vive como naufragios en playas inhóspitas, atenta al monólogo de su corazón que al latir le devuelve tan sólo el eco de su desamparo.


Por momentos se espanta de su angustia y trata de pactar con su dolor como si fuese un aliado circunstancial y al mismo tiempo infalible para volver a ser feliz. Escribe para aplacarlo: “El adiós que nos lastima inaugura sin embargo la chance de iniciar un camino más fecundo. Nos propone el ejercicio de reconstruirnos con todas las cicatrices del recuerdo, para que de las lágrimas nazcan gotas de ternura donde abreve la mirada y otra vez se ilumine conmovida por una pincelada de esperanza”. Frases cursis, casi un poema. Y redunda escribiendo: “Un amor crucificado, la esperanza malherida y el desafío de volver a amar intensamente y de sentirme amada”. Casi un tango. En suma, apenas chispas o un relámpago de rebeldía para alumbrar esa esperanza tan nombrada.


Prepara la cena y repasa con meticulosidad y cierta paz sus recuerdos más amables del fulano: la calidez de su voz envolviéndola en promesas, su modo de poseerla, su entrega desmesurada... Sin proponérselo y sin poder evitarlo se encuentra reviviendo también su inconstancia, los indicios de sus engaños y el desapego final sin adiós ni explicaciones... Esto la desquicia, la sumerge nuevamente en el agobio. Tendría que tomarme un whisky, “el alcohol ayuda a olvidar” (otra frase popular). Pero es domingo y empezar la semana con resaca le parece francamente estúpido. La vence su costumbre de racionalizarlo todo y se sirve un vaso de vino con soda para acompañar la comida, mientras sigue contabilizando sus emociones con una aritmética desprolija donde se suman y restan la ternura, el despecho y la nostalgia.

Termina de cenar y pone música. Escucha repetidamente tangos, boleros y cuanta canción romántica le permita identificarse con sus letras, ahora sabe por sí misma que la gente puede sufrir inusitadamente por “un amor que la engañó”... ¡Pucha, qué triste ser abandonada por alguien a quien amamos, qué torturante sentir que quien dijo amarnos se aleje con total indiferencia!, filosofa inspirada por la voz de Maria Bethânia cantando “Quem foi na vida que teve um amor e ese amor sem razao lhe deixou, e até oje no guarda no peito a marca da dor”...


Se tiende en el sofá y como a la hora -medio adormilada- termina de dar forma a un plan que la hace sonreír abiertamente por primera vez en mucho tiempo: va a llamar por teléfono al fulano y sin preámbulos ni sutilezas va a reclamarle que salde su deuda, no los trescientos dólares que tomó de la mesita de luz la última noche que se quedó a dormir, sino su deuda moral por borrarse sin una explicación después de meses de jurarle amor y prometerle la luna, claro está.


Le dirá esto, más o menos: que ya es una mina grande y no hay en su horizonte otro hombre para ocupar el vacío que él dejó en su corazón; que juntos vivieron cosas muy intensas y él decía compartir su sueño de tener muchos hijos, así que se siente con derecho a pedirle que le de al menos uno y eso es todo lo que pretende; que para ello -obviamente- deberán tener sexo aunque el amor ya no exista y convendría fijar fecha cuanto antes, porque se acerca su período fértil. También le aclarará que es indispensable que él se comprometa a poner su miembro a disposición hasta que quede embarazada o por un lapso máximo de un año, lo que se cumpla primero (¿cómo decirlo sin que suene tan grosero?). Si él lo considera provechoso podrán intentarlo varios días consecutivos, pero una cita mensual será suficiente para dar la deuda por saldada.


Repasa el inventario de razones que acaba de formular de manera tan articulada y al hacerlo empieza a temer que el fulano adivine lo que enmascara y solo se confiesa a sí misma: un intento de anclarlo a su vida con un compromiso fantasioso, para propiciar el milagro de que luego la necesite tan desesperadamente como ella a él.


Finalmente parece no importarle lo absurdo de su plan, ya que se incorpora y va hacia el teléfono: con la respiración entrecortada (tal vez por el bostezo con el que se desperezó) toma el aparato y marca el 113, constata que son las veintitrés horas, veinte minutos, cuarenta segundos y -con la cara mojada por lágrimas tan impertinentes como sus especulaciones- cuelga el receptor y se va a la cama, que mañana será lunes y ya es muy tarde para seguir pelotudeando.
 
Mari Lamas